Cuando las creencias salen a la cancha

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Cuando las creencias
salen a la cancha

Cada Mundial moviliza emociones, rituales y formas de confianza que trascienden lo estrictamente deportivo. Estos días extraordinarios nos permiten observar cómo se construyen, circulan y conviven las creencias en la vida social.

Hay cosas que suceden durante un Mundial de fútbol que son difíciles de comprender desde el sentido común. Personas que jamás se interesan por el fútbol pasan a organizar su agenda alrededor del fixture. Trabajos que se reprograman. Casas y negocios que se llenan de banderas. Escuelas que suspenden clases para proyectar partidos. Oficinas que se convierten en bares. Desconocidos que se abrazan después de un gol como si se conocieran de toda la vida.

También aparecen las cábalas. La camiseta que no se lava porque «viene dando suerte». El santito y la virgencita ocupan su lugar junto al televisor, previamente rociado con agua bendita. Hay quienes, cuando el partido se complica, abren la Biblia y comienzan a leer versículos en voz alta con la esperanza de que el resultado cambie. Nos sentamos en el mismo sillón, comemos la misma picada y con la misma gente para que la «onda no se corte». Nadie puede explicar por qué esos gestos deberían influir en el resultado de un partido. Y, sin embargo, millones de personas los repetimos.

Ese mismo vínculo entre fe y cuerpo aparece en los jugadores y en los propios hinchas. Los estudios de Gustavo Morello sobre los tatuajes de la Selección campeona en Qatar 2022 muestran que 15 de los 20 futbolistas tatuados llevan grabada en la piel alguna imagen religiosa: Lionel Messi tiene un rosario y el rostro de Jesucristo en el brazo izquierdo, y junto a él aparecen vírgenes, cruces y santos populares como el Gauchito Gil. Y no fueron solo los jugadores: muchos hinchas se tatuaron esa misma consagración, con la fecha, la Copa o alguna frase que resumía lo vivido aquel diciembre, como si esa alegría también necesitara volverse permanente.

Lautaro Martínez en conferencia de prensa durante el Mundial de Qatar 2022, con una estampita de la Virgen colocada dentro de la canillera.
Devoción a la vista
Lautaro Martínez, con una estampita de la Virgen guardada en la canillera.
Dos jóvenes con la camiseta de la Selección Argentina leyendo la Biblia en voz alta durante un partido, buscando cambiar el resultado con esa cábala.
Ritual en vivo
la camiseta puesta y la Biblia abierta, por si el resultado se puede torcer.

El Mundial crea un tiempo distinto. Quizás por eso sea una oportunidad privilegiada para pensar cómo funcionan las creencias. No porque el fútbol sea una religión. Tampoco porque los hinchas crean literalmente que una cábala decide un triunfo. Sino porque, durante esos días, aparecen mecanismos que ayudan a comprender algo mucho más amplio: cómo se construye la fe en la vida social.

Creer es confiar

Esa fe silenciosa que nos lleva a usar esa camiseta sucia, a poner un santito junto a la radio o la televisión o a abrir la Biblia cuando el partido parece escaparse se apoya, antes que nada, en algo más elemental: la confianza. El sociólogo Georg Simmel sostenía que la vida en sociedad sería imposible sin confiar. Todos los días actuamos sobre la base de creencias que nunca podemos verificar completamente: creemos que los demás respetarán las reglas, que cumplirán sus promesas o que compartirán con nosotros ciertos códigos y significados.

Durante un Mundial esa confianza adquiere una forma visible. No se trata solamente de creer que un equipo puede ganar. Se trata de compartir una expectativa con millones de personas. La ilusión deja de ser individual para convertirse en una experiencia compartida.

El partido nunca empieza con el silbato inicial.

Comienza mucho antes, cuando las familias o los amigos organizan la picada, la bandera y la virgencita ocupan el lugar de siempre, y todos aceptan, aunque sea por un rato, vivir bajo una expectativa común.

Las creencias se contagian

Para Gabriel Tarde, las sociedades se construyen menos por la imposición que por la imitación. Las ideas, las emociones y las prácticas circulan porque las personas se observan unas a otras y reproducen aquello que las conecta con un colectivo.

El Mundial ofrece un ejemplo perfecto. Una canción nace en una tribuna y, pocos días después, la canta todo un país. Una cábala familiar termina repetida en miles de hogares. Alguien comparte por WhatsApp la idea de congelar el nombre del próximo rival para que pierda y miles de personas la reproducen con una mezcla de humor, complicidad y ese inevitable «por las dudas». Las creencias también circulan así: de chat en chat, de pantalla en pantalla y de persona en persona.

Imagen reenviada por WhatsApp que muestra al arquero de Egipto encerrado en hielo, con el pedido de reenviar el mensaje a tres grupos para 'congelarlo' antes del partido.
Cadena de imitación
así circuló, de chat en chat, el pedido de «congelar» al arquero rival.

No imitamos porque nos obliguen. Imitamos porque compartir ciertos gestos nos hace sentir parte de algo más grande que nosotros mismos. Pero la imitación no produce una única forma de creer: hace convivir repertorios muy distintos.

Durante el Mundial hay quienes rezan, quienes siguen las predicciones de un astrólogo en redes sociales, quienes prenden velas o sahumerios, quienes reenvían un meme «de la suerte» y quienes confían en una cábala heredada de la familia. Más que reemplazarse entre sí, estos repertorios se superponen y conviven en una misma experiencia colectiva.

La vida cotidiana en suspenso

La vida cotidiana suele organizarse alrededor de la utilidad: trabajamos, estudiamos, producimos y administramos el tiempo. El Mundial interrumpe, aunque sea por unas semanas, esa lógica. Se suspenden actividades, se modifican horarios, las ciudades cambian de ritmo y millones de personas concentran su atención en un acontecimiento cuyo valor no puede medirse en términos de productividad.

Lloramos o nos alegramos por un resultado. Gritamos desaforadamente. Perdemos tiempo. Perdemos dinero. Gastamos energía física y emocional en algo que, desde una mirada utilitaria, podría parecer desproporcionado.

Pero precisamente ahí reside su potencia. Bataille entendía que las sociedades también necesitan momentos de intensidad, de celebración y de exceso: experiencias excepcionales que interrumpen el orden y permiten la existencia bajo otras reglas.

Las sociedades también necesitan momentos de exceso.

El agua bendita junto al televisor, las juntadas que se extienden toda la tarde y toda la noche, los gritos de desahogo y todas las formas de festejo son pequeños actos de ese derroche que ninguna planilla de rendimiento podría justificar y que, sin embargo, sostienen buena parte de lo que un Mundial significa.

¿Por qué el Mundial importa tanto?

El Mundial resulta interesante sociológicamente no porque confirme la idea, tan repetida como simplificadora, de que «el fútbol es una religión». Lo verdaderamente interesante es que vuelve visibles mecanismos que solemos dar por sentados.

Nos muestra que las creencias no son únicamente patrimonio de las religiones o de las instituciones. También son formas de confianza, prácticas que se contagian y experiencias colectivas que transforman nuestra manera de habitar el mundo.

Cuando el árbitro marca el inicio del partido, no solo empieza un encuentro de fútbol. También se activa un repertorio de creencias, rituales y emociones compartidas que pone entre paréntesis la vida cotidiana. Durante unas semanas suspendemos la rutina, reorganizamos el tiempo, posponemos obligaciones y nos entregamos a una experiencia colectiva que, en términos prácticos, no «sirve para nada». Y, precisamente por eso, significa mucho.

Lecturas recomendadas

  • Bataille, G. (2007). La parte maldita. Buenos Aires: Las Cuarenta. (Obra original publicada en 1949).
  • Morello, G., Keller Sarmiento, L., Pisoni, A., Ríos Bru, D. y Beyer, L. (12 de mayo de 2026). «Tatuajes de selección: lo sagrado, religioso y secular». Religião em Debate.
  • Simmel, G. (2014). Sociología: Estudios sobre las formas de socialización. México: Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1908).
  • Tarde, G. (2011). Las leyes de la imitación. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas. (Obra original publicada en 1890).
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