El Mundial, Brasil
y el prejuicio evangélico
La eliminación de la selección brasileña activó en las redes sociales una explicación religiosa de la derrota. Más que hablar de fútbol, esa interpretación revela prejuicios, antagonismos políticos y formas de imaginar el lugar del evangelismo en la sociedad brasileña.
El 5 de julio, en el MetLife Stadium, Noruega eliminó a Brasil por 2 a 1 en los octavos de final del Mundial. Bruno Guimarães erró un penal en el primer tiempo. Endrick entró a los 58 minutos y falló un mano a mano frente a Nyland. Haaland resolvió el partido con un doblete en los últimos diez minutos. Neymar descontó de penal a los 90+10.
Horas más tarde comenzó a circular otro video: el gol de Ronaldo Nazário frente a Ghana en los octavos de final de Alemania 2006, cuando eludió al arquero Richard Kingson y empujó la pelota al arco. Fue el último gol de Ronaldo en un Mundial.
Miles de usuarios pusieron las dos jugadas lado a lado. La comparación llegó antes que cualquier explicación.
Días después, Endrick habló de la oportunidad perdida. Dijo que la había lamentado mucho, que se había quedado hablando con Dios y que le había agradecido por la oportunidad.
En X —antes Twitter— esas palabras dejaron de ser el desahogo de un jugador y se convirtieron en evidencia de una interpretación mucho más amplia. La tesis circuló rápidamente: Brasil perdió porque se volvió evangélico.
Según ese razonamiento, la alegría del catolicismo hibridado con las religiones de matriz africana había acompañado a las selecciones campeonas. En cambio, la ética evangélica, asociada con la teología de la prosperidad y con el individualismo neoliberal, explicaría el declive del fútbol brasileño.
Se discutió una doctrina religiosa.
Se discutió poco el penal errado y todavía menos los últimos diez minutos de Haaland.
Los datos sobre religión del Censo 2022, difundidos por el Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística en junio de 2025, registran 47,4 millones de evangélicos en Brasil: el 26,9 % de la población de diez años o más, frente al 21,6 % registrado en 2010. En el mismo período, los católicos pasaron del 65,1 % al 56,7 %.
El fenómeno alcanza aproximadamente a uno de cada cuatro brasileños.

El gol de Ronaldo ante Ghana (2006) y el mano a mano fallado por Endrick frente a Nyland (2026), comparados en redes sociales.
La discusión estaba en otro lado
El razonamiento se presentó como sociológico y fue leído como sociológico. Cabe preguntarse cuánta sociología contiene.
La pregunta importa porque el episodio vuelve visible un procedimiento frecuente: la manera en que una derrota deportiva habilita un discurso sobre la sociedad y activa un imaginario explicativo que excede ampliamente lo ocurrido dentro de la cancha.

El tema en X.
Weber no dijo eso
El teórico que aparece detrás de buena parte de este análisis es uno de los padres de la sociología: Max Weber. Pero la atribución llega deformada.
Weber estudió el ascetismo protestante de los siglos XVI al XVIII —especialmente el calvinismo, el pietismo, el metodismo y ciertas denominaciones bautistas— y su afinidad con una conducta económica metódica y racionalizada.
Para explicar ese vínculo utilizó el concepto de afinidad electiva: una relación de atracción recíproca entre una ética religiosa y un modo de vida; una convergencia histórica entre determinadas maneras de interpretar el mundo y ciertas orientaciones de la acción.
Afinidad, con sus grados, tensiones y reversibilidades. No causalidad directa.
El salto analítico que se realiza en las redes sociales suprime todas esas mediaciones. Pasa de la ética protestante europea de la modernidad temprana a la teología de la prosperidad del pentecostalismo brasileño contemporáneo en un solo movimiento, pero conserva la firma sociológica como garantía de legitimidad.
Se invoca a la sociología para clausurar la pregunta que Weber abre.
Aplicar el concepto de afinidad electiva exige reconstruir los símbolos, las prácticas y las condiciones históricas mediante las cuales un colectivo interpreta el mundo. El debate en las redes sociales, en cambio, los da por conocidos de antemano.
La prosperidad no se reduce al dinero
Se afirma que los jugadores evangélicos están influidos por el individualismo, que no saben jugar en equipo y que, cuando pierden, atribuyen el resultado al plan divino en lugar de reflexionar sobre sus propios errores.
Sin embargo, esta caracterización reduce la teología de la prosperidad a su dimensión económica y, al mismo tiempo, transforma una corriente particular en la explicación de todo el universo evangélico.
El evangelismo brasileño es internamente diverso. Comprende distintas denominaciones, trayectorias históricas, orientaciones teológicas, formas de organización y maneras de relacionarse con la política, el mercado y la sociedad.
Además, ese enfoque desconoce una dimensión central de numerosas experiencias evangélicas: la conversión entendida como transformación biográfica, moral y relacional.
Convertirse al cristianismo evangélico suele implicar la construcción de un antes y un después. Una biografía que se reordena. Una disciplina cotidiana sobre el consumo, el lenguaje, el cuerpo, los vínculos y el uso del tiempo.
Lejos de dejar la trayectoria personal librada exclusivamente a la suerte o a un plan divino, la conversión demanda de muchos creyentes una posición activa, cotidiana y constante respecto de su propia vida.
Esto no significa negar la presencia de discursos sobre la prosperidad económica, el éxito individual o la intervención divina. Significa evitar que una dimensión específica sea presentada como la esencia de experiencias religiosas mucho más heterogéneas y complejas.
Individualidad en la comunión
También resulta problemática la oposición automática entre experiencia religiosa individual y pertenencia colectiva.
La alabanza, la oración y la adoración pueden vivirse como experiencias profundamente personales, incluso dentro de cultos multitudinarios. Pero esa individualidad no se produce en el aislamiento.
Se construye dentro de tramas comunitarias, liderazgos religiosos, redes familiares, experiencias estéticas conjuntas, prácticas litúrgicas compartidas y lenguajes aprendidos colectivamente.
La relación personal con Dios y la lectura de la Biblia ocupan un lugar decisivo en muchas tradiciones evangélicas, pero se encuentran mediadas por pastores, testimonios, músicas, rituales, grupos de oración y comunidades de pertenencia.
Se trata, por lo tanto, de una individualidad que solo puede comprenderse dentro de la comunión.
Quién habla cuando se habla de evangelismo
El segundo nudo es de otro orden: la pregunta por el enunciador. No se trata de individualizar a una persona, sino de preguntarse qué posiciones sociales y políticas habilitan esta interpretación y por qué adquiere tanta circulación.
Estos razonamientos están alejados de las discusiones futbolísticas más frecuentes. Nadie llega a la teología de la prosperidad mientras debate una línea de cuatro o un cambio de jugadores.
Se llega desde otro lugar.
La interpretación circuló especialmente entre algunos usuarios y productores de opinión identificados con posiciones progresistas y antibolsonaristas, que tienden a leer el crecimiento evangélico desde su asociación con determinadas derechas políticas.
No se trata de una posición compartida por todo el progresismo ni de una lectura uniforme. Se trata de un repertorio discursivo específico que convierte al evangelismo en sinónimo de conservadurismo, reacción política e influencia extranjera.
Es allí donde se vuelve evidente que la discusión trata sobre la sociedad brasileña y no estrictamente sobre el fútbol.
¿Una religión extranjera?
La caracterización del pentecostalismo como un elemento foráneo tampoco resiste un análisis histórico.
El pentecostalismo brasileño reconoce antecedentes desde comienzos de la década de 1910, con la llegada de misioneros europeos vinculados a circuitos pentecostales transnacionales que incluían a los Estados Unidos.
Entre las experiencias pioneras se encontraban la Congregação Cristã no Brasil (CCB) y la Assembleia de Deus (AD). Desde entonces, las diferentes expresiones pentecostales se expandieron, se transformaron y adquirieron un profundo arraigo local.
Para mediados del siglo XX, el pentecostalismo ya tenía presencia en distintas regiones del país. Más de un siglo de historia brasileña lo separa de cualquier caracterización como importación reciente.
Esto no significa negar la existencia de redes religiosas transnacionales ni las influencias políticas, mediáticas y económicas procedentes de los Estados Unidos. Significa reconocer que esas influencias fueron apropiadas, reinterpretadas y transformadas por actores brasileños dentro de una historia social propia.
Señalar simplemente a un culpable extranjero exige desconocer esa antigüedad, ese arraigo y esa capacidad de reelaboración local.
Uno de cada cuatro brasileños no es una facción
Con frecuencia, el crecimiento evangélico se atribuye en bloque a la derecha política.
Pero el Censo cuenta 47,4 millones de personas. Ninguna facción, ningún sector político, ningún estrato económico ni ninguna orientación ideológica posee por sí sola ese tamaño.
La población evangélica no constituye un actor homogéneo. Presenta diferencias de clase, género, generación, territorio, pertenencia denominacional, identificación política y práctica religiosa.
Las asociaciones entre ciertas dirigencias evangélicas y las derechas brasileñas son reales y deben ser estudiadas. El problema comienza cuando esas vinculaciones se trasladan automáticamente al conjunto de los creyentes y convierten una población diversa en un bloque político uniforme.
Estos discursos ofrecen un razonamiento sencillo y con capacidad de circulación. Allí reside parte de su poder multiplicador.
También construyen un chivo expiatorio y se adaptan a una modalidad contemporánea de comunicación digital: el rage bait, es decir, el mensaje diseñado para provocar indignación, hostilidad y reacciones rápidas —likes, comentarios y reposteos—.
Más que promover una comprensión del fenómeno religioso, estas publicaciones tienden a producir una culpabilización colectiva: los evangélicos aparecen como responsables de la decadencia cultural, política y, ahora también, futbolística de Brasil.
¿Por qué una derrota importa tanto?
El episodio resulta sociológicamente interesante por lo que revela acerca de quienes elaboran y hacen circular estas interpretaciones.
Los intentos de comprender las transformaciones de la sociedad brasileña aparecen mezclados con discursos de estigmatización que buscan un culpable y lo encuentran en el supuesto individualismo neoliberal de la experiencia evangélica.
No toda crítica al evangelismo constituye un discurso de odio. Existen investigaciones y debates legítimos sobre sus dirigencias, sus intervenciones políticas, sus posiciones públicas y sus vínculos con distintos gobiernos.
El problema aparece cuando esas críticas dejan de distinguir entre instituciones, liderazgos, corrientes y creyentes, y comienzan a atribuir características morales negativas a millones de personas por su pertenencia religiosa.
Brasil es, además, una sociedad marcada por memorias autoritarias y por una intensa polarización política reciente, que tendió a identificar al conjunto del evangelismo con determinadas dirigencias conservadoras y con el bolsonarismo.
En ese contexto, una parte de la población evangélica puede transformarse discursivamente en la representación de un adversario político mucho más amplio.
La relación entre evangelismo y política brasileña merece ser estudiada con atención. Pero exige distinguir las alianzas construidas por determinados pastores e iglesias de las orientaciones de una población religiosa que no actúa, vota ni interpreta el mundo de una única manera.
Una derrota en un año electoral
Todo esto ocurre a pocos meses de una elección. El 4 de octubre de 2026 Brasil volverá a las urnas.
En contextos electorales polarizados, estas narrativas pueden adquirir una eficacia particular. Condensan conflictos complejos, construyen un adversario reconocible y convierten diferencias religiosas y culturales en fronteras políticas.
Esto no significa que cada publicación forme parte de una estrategia electoral organizada. Significa que sus argumentos circulan dentro de un clima político en el cual la identidad religiosa puede ser utilizada para definir pertenencias, adversarios y modelos de nación.
El mecanismo no se origina dentro de la cancha. Pero la cancha puede ofrecerle una escena, una imagen y una oportunidad para expandirse.
Pensar el lugar de la religión en Brasil exige más trabajo que un posteo. Exige reconstruir diferencias, historias, apropiaciones, conflictos y afinidades.
Devuelve, a cambio, una pregunta sociológica.
Cuando Endrick agradeció a Dios por una oportunidad perdida, lo que se activó fue un repertorio de prejuicios acerca de quiénes son los brasileños y quiénes deberían ser.
La derrota fue la ocasión. La discusión era otra.
Lecturas recomendadas
- Alencar, G. F. de. (2013). Matriz pentecostal brasileira: Assembleias de Deus, 1911–2011. Editora Novos Diálogos.
- Guadalupe, J. L., & Carranza, B. (Eds.). (2020). Nuevo activismo político en Brasil: Los evangélicos en el siglo XXI. Konrad-Adenauer-Stiftung.
- Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística. (2025). Censo Demográfico 2022: religiões. Resultados preliminares da amostra. IBGE.
- Semán, P. (2001). La recepción popular de la teología de la prosperidad. Scripta Ethnologica, 23.
- Souza, A. R. de, & Pinto, B. H. (2026). A crescente mistura de religião e futebol. Religião em Debate. Disponible en: religiaoemdebate.com.br.
- Weber, M. (2012). La ética protestante y el espíritu del capitalismo (J. Abellán, Trad.). Alianza. (Obra original publicada en 1904–1905).
